CLICK HERE FOR BLOGGER TEMPLATES AND MYSPACE LAYOUTS

12 de junio de 2009

Capítulo 5: Peordh.

El hombre no esperó a que sus hombres registraran el lugar en busca de pruebas. Él mismo ya había visto suficiente, y la única opción que le quedaba era ir al castillo e informarle al rey Trakken de la presencia de un mago dentro de la ciudad. Ese ya no era un asunto de la guardia armada. Pero, ¿y si lo amonestaban por no haber cumplido su deber? Ten en cuenta de que no quiero que vuelvas aquí sin traérmelos atados de pies y manos. La voz del rey sonaba en su cabeza, amenazante. Y también podía ver, una y otra vez, el filo de aquella monstruosa espada cercenando cuellos en silencio. Tragó saliva, sabiéndose un vil cobarde. No sabía por qué hacía lo que hacía, si al fin y al cabo, aquellos afuerinos sólo habían pecado de ignorancia al manifestar su oposición al régimen de Trakken. Si es que en realidad, eso habían hecho. Todo parecía tan injusto en algunas ocasiones, pero no tenía tiempo para pensarlo más a fondo. Decidió que temía más por su vida que por la de aquellos rebeldes, y suspiró, para luego proceder a dar la orden de retirada. Luego separó a sus subalternos en pequeños grupos para que recorrieran la ciudad de cabo a rabo, mientras él cabalgaba lo más raudamente posible hacia el castillo.

Y allí, detrás de una de las columnas del pasillo que conectaba la entrada principal con la sala de audiencias, lo esperaba la princesa Tesharr, alta, soberbia, y aferrando una espada con una de sus manos.

No muy lejos de allí, Luk cayó en el pasto húmedo de las afueras del muro Oeste, transportada por la magia de Serthes. Unos segundos después, vio a Viktorius hacer lo mismo que ella, y tras de él, Heimdall, envuelto en una ráfaga de viento. Winnyu y Serthes no tardaron en aparecer un poco más allá. Luk y los otros se levantaron para ir hacia ellos. El brujo tenía el semblante crispado por la preocupación.

– Nos han visto – les dijo en voz baja –. Ha sido sólo uno de ellos, pero no duden en que Trakken se enterará de que además de ustedes, hay un brujo inmiscuyéndose donde no debería.

– Bueno, con semejante espectáculo de magia negra, qué esperabas – soltó Heimdall con un brillo irónico en sus ojos, que se mezclaba con una creciente intranquilidad.

Serthes no respondió a su comentario (aunque le hubiese encantado). Estaba ocupado oteando más allá de los límites del bosque.

– ¡Ah, allí están! – exclamó luego de un breve instante, señalando el punto en el que había visto a dos siluetas moverse entre los árboles. Una de ellas era altísima, otra muy pequeña. Luk sospechaba quién podía ser ésta última… Sonrió, y junto al resto, fue tras Serthes al encuentro de estas nuevas presencias.

Jörd curvó sus labios en una media sonrisa al verlos aparecer y Meeko se movía de un lado a otro, nerviosa. Ésta no parecía muy convencida de que realmente fueran ellos, a lo mejor sólo se trataba de alguna alucinación del maléfico tirano de Thantelius para engañarlas. Todas las desgracias habidas y por haber en el mundo se presentaban elocuentemente en la mente de la duende, atormentándola, sobre todo en esos tiempos tan aciagos. Para su suerte y tranquilidad, eran efectivamente ellos. Las cinco figuras – contuvo la respiración, intrigada por el número del grupo – se acercaban hacia ellas con prisa. Si fueran un vil truco de Trakken, hasta Jörd lo hubiese percibido, incluso antes de su materialización en las afueras del muro. Se quedaron allí, esperando.

– Jörd, Meeko – Winnyu murmuró sus nombres, aliviada, para luego hacer una breve reverencia a modo de saludo –. ¿Están bien?

Ninguna de las dos respondió, por lo menos no con palabras. Ambas observaban a los desconocidos: el hombre fornido y encapuchado, el trigueño con vestiduras estrafalarias; y la joven escondida bajo la capa verde musgo. Meeko se alegró de verla a salvo. Se había arrepentido profundamente de haberla llevado a la ciudad y ahora podía respirar con calma. Se ajustó su gran sombrero marrón, curiosa. Luk la miró agradecida por debajo de la capucha.

– Jörd, necesitamos ir a Svartalfheim ahora – le habló Serthes a la mujer de la brillante armadura. Se notaba la urgencia en su tono de voz –. No tenemos tiempo, Trakken ya sabe de nosotros.

– ¿Qué ya sabe? – interrumpió Meeko, alarmada.

– Cálmate, Meeko – la tranquilizó Jörd, aunque ésta también comenzaba a preocuparse –. Serthes, ¿estás seguro?

– Me han visto – respondió el brujo –. Y nuestros nuevos compañeros ya son buscados por toda la ciudad... para ser ejecutados.

– Muy bien – Jörd le lanzó una veloz mirada a los tres desconocidos, preguntándose si Serthes ya había conseguido lo que quería –. Tendremos que usar la vía rápida para llegar... no queremos que nadie siga nuestro rastro.

Winnyu, Serthes y Meeko asintieron. Jörd procedió a quitarse la piedra que llevaba colgada del cuello, y la sostuvo en alto. Serthes y Winnyu hicieron lo mismo. Luk comenzó a sentir un extraño hormigueo cerca de su cintura, donde llevaba una pequeña bolsita enganchada a su cinturón. Meeko se acercó a ella, con una leve sonrisa.

– Es mi piedra. La necesito para el viaje.

La muchacha comprendió al instante, y le entregó el colgante lo más rápido que pudo. Meeko se unió a los otros tres, y levantó la piedra. De manera instantánea, un fino rayo de luz conectó los cuatro colgantes, casi separándolos de las manos de sus dueños.

– Por favor, entren al círculo – le pidió Serthes al resto del grupo.

– ¿A dónde vamos? – preguntó Viktorius, dudoso, mientras Heimdall lo cogía de un brazo para meterlo en la circunferencia que se había creado a partir de las extrañas piedras. Luk entró tras ellos, maravillada.

– Sólo cierren los ojos y concéntrense en la energía. El calor puede hacerse insoportable – les recomendó Serthes, y ellos hicieron tal como se les había pedido. Las piedras se elevaron aún más, y el rayo de luz que las unía comenzó a fragmentarse hasta convertirse en una especie de sombrilla que protegía las cabezas de cada miembro del círculo. Unos segundos después, la sombrilla inició un proceso de movimiento en espiral que guiaba las piedras hacia su interior a medida que avanzaba y con mayor velocidad, haciendo que éstas se prendieran fuego y crearan una pequeña hoguera que crecía como si la alimentaran millones de leños. La espiral de luz desapareció entre las llamas y la temperatura del círculo aumentó de manera alarmante. Heimdall, Viktorius y Luk se sentían muy inquietos, sobre todo la muchacha, que de por sí no podía soportar el terrible calor, y menos sin sus propios sistemas de protección. La hoguera flotó sobre sus cabezas unos minutos, hasta que con un chasquido descendió hasta sus cuerpos para rodearlos con sus quemantes y ardorosas lenguetas. El dolor fue intenso, pero mínimo en su duración. Las piedras, que se entrechocaban continuamente en el interior del fuego, se sumergieron en la tierra, y todo pareció desmoronarse por debajo de sus pies. Las llamas se enlazaron en sus extremidades y los tiraron hacia abajo, hacia el vacío. Pronto no hubo nada más que humo entre los árboles, rastro que no tardó en mezclarse con la niebla hasta desaparecer.

– Ahora me dirás, soldado, ¿a quiénes persigue Trakken?

El guardia real yacía contra la pared, sin entender cómo la princesa se las había ingeniado para dejarlo en el suelo, cansado y fuera de combate. No había hecho más que toparse con ella, cuando lo atacó desde las penumbras, envuelta en una capa negra que al hombre le ponía dificultades a la hora de reconocerla. Cuando supo de quién se trataba, no quiso seguir luchando, pero ella continuó ágilmente hasta derrotarlo. El guardia no sabía que la princesa era una experta guerrera, y se sorprendió al descubrirlo. De todas maneras, supiera o no de esgrima, él no podía atacarla. Para casi todos, Tesharr de Thantelius ya no valía nada para el reino y podía ser condenada a muerte en cualquier minuto. Para él en particular, existía algo llamado respeto, y no atentaría ni contra ella ni contra ése único valor que quedaba limpio en su corazón. Aún así, no comprendía la reacción de la mujer. Le asustaba su rostro pálido e indiferente, y la expresión siniestra, casi demente, que se apoderaba de su mirada. ¿Por qué lo interrogaba de esa manera? Se sentía aturdido, y además, debía hablar con su rey. Otra pregunta más importante asaltaba sus pensamientos... ¿Por qué ella sabía lo de la persecución? No se atrevió a preguntarle, ni siquiera ha pronunciar una palabra. Sin embargo, la princesa lo obligaba a hablar.

– Soldado, sé cuanta lealtad le tienes a mi queridísimo tío, y por esa misma razón te pido, por favor, que me digas a quiénes persigue. Recuerda que yo también pertenezco a la realeza de Thantelius. No puedes negarme ninguna información.

– Tengo órdenes estrictas de parte del rey, mi señora – el guardia titubeó ante el tinte colérico que los ojos de Tesharr iban adquiriendo –. Él mismo me ha dicho que...

– Sé muy bien la clase de cosas que Trakken dice – lo interrumpió la princesa, impaciente –. Y también sé que si llegas ante él con la noticia de que nuevamente sus presas han escapado, no habrá castigo más que para ti.

El hombre palideció, y Tesharr, sonriendo para sí al ver que su táctica había funcionado, continuó.

– ¿Aún no comprendes por qué te estoy pidiendo esa información confidencial? ¿No entiendes que al ser un servidor del rey, también trabajas para mí, aunque lo que yo pueda hacer por el reino sea muy poco? Es por eso que necesito tu ayuda; porque a través de ella, yo podré a la vez, ayudar a mi tío y a Thantelius.

– ¿Ayudarlo cómo, mi señora? – preguntó el guardia, aunque ya había adivinado las intenciones de la princesa.

– ¿Cuál es tu nombre, soldado?

– Ubbarth, mi señora.

– Dime quiénes son, Ubbarth, y yo misma se los entregaré al rey – le reveló Tesharr, sintiendo superado ese pequeño obstáculo –. A cambio, no le diré nada de tus negligencias.

– ¡Belcebú! – escuchó Luk muy cerca suyo, y soltó un leve suspiro de alivio. Por unos segundos pensó que se habían perdido en el vacío, consumidos por las llamas de aquel acto de magia tan potente; pero tras la exclamación de asombro de Viktorius, sintió movimiento tras la niebla (¿o era humo?) y al vislumbrar unos oscuros ropajes y una pálida mano que tomaba la suya, comprendió que el traslado había sido un éxito.

Barethana, ¿estás bien? – le preguntó Serthes luego de ayudarla a levantarse del césped.

Luk asintió. Era verdad, se sentía muchísimo mejor y lograba percibir como todos sus sentidos se activaban rápida y efectivamente al mantenerse lejos de la horrible Thantelius. Le pareció como si durante su breve estadía en la ciudad todo su ser hubiera estado dormido. Respiró del aire fresco de aquel lugar. Era diferente. Observó a través de la suave humareda como Heimdall y Viktorius se ponían de pie, ayudados por el brujo, la sacerdotisa y la duende. Agudizó su vista un poco más, y percibió el brillo sorprendido en las pupilas de ambos hombres. Desvió su atención a los otros tres; vio que esperaban a que los últimos efectos del viaje se disiparan, con paciencia. Sus piedras habían sido ocultas nuevamente bajo las vestiduras, como si no fueran más que sencillos amuletos; pero ahora Luk sabía cómo podían engañar las apariencias en ese sentido.

– ¿Dónde estamos? – preguntó Viktorius, ajustando sobre su cabeza su extraño sombrero de cuero negro. Lucía un poco aturdido.

– En pleno corazón del bosque, maese Viktorius – le contestó Serthes, indicándole el lugar con una de sus manos. Ahora podían ver con claridad de que así era: los árboles eran aún más majestuosos que en los lindes, no habían senderos trazados y la luz de la luna caía a raudales a través de las gruesas ramas –. Cómo pueden darse cuenta, este sitio es seguro. Cuesta que hasta aquí lleguen las influencias de Trakken, y eso es raro tratándose del bosque que él mismo ha logrado dominar. Por ahora estamos medianamente a salvo.

– ¿Nos quedaremos aquí? – preguntó Heimdall, aún un poco desconfiado.

– No. Iremos a nuestro refugio, Svartalfheim – esta vez fue Jörd quien contestó, orgullosa.

– Pensé que Svartalfheim había sido destruido, siglos atrás – comentó Luk, mientras emprendían la marcha hacia el mencionado refugio.

– Y así fue, según las leyendas – dijo Serthes, situándose junto a ella al caminar (Jörd los guiaba, más adelante). –Nosotros sólo lo tenemos como una buena referencia. Ahora, les recomendaría ser sigilosos, nunca se sabe quién puede estar escuchando. Cuando lleguemos, les daré las respuestas que necesitan.

Luk asintió, y no preguntó nada más por el momento. Caminaron un trecho no muy largo a través de la espesura, hasta toparse con un par de altas columnas en ruinas. El musgo y las enredaderas subían por el viejo mármol blanco, despedazado por los siglos de abandono bajo las sombras. Parecía como si tiempo atrás, en ese sitio se hubiera levantado una gran edificación, de la cual sólo habían sobrevivido esas columnas, seguramente pertenecientes al umbral de una magnífica entrada. No quedaban rastros de murallas ni escaleras, y ya no se distinguían las baldosas de la hiedra que crecía a raudales en la tierra firme. Jörd detuvo la caminata frente a las ruinas y le indicó al resto que hiciera lo mismo. Extrajo su piedra colgante desde el interior de su armadura y no hizo más que entrar en contacto con el aire para producir un pequeño chispazo que energizó instantáneamente las antiguas columnas de mármol. Una red de finísimos hilos dorados comenzó a tejerse entre ellas, hasta crear una puerta de luz. Jörd se acercó a ella y la empujó. Luego miró a sus compañeros.

– Muy bien – aprobó Serthes –. Eh, bueno, si son tan amables de pasar...

Heimdall observó la puerta durante unos segundos y se dirigió a ella con determinación. Del otro lado se veía el mismo paisaje salvaje y descuidado, pero trató de convencerse de que tenía que llegar a otro lugar. La puerta lumínica estaba abierta ante él, debía cruzarla. A paso seguro consiguió pasar a través de las columnas, seguido del incansable Viktorius y la joven Luk. Cuando todos hubieron pasado, Jörd se encargó de cerrar y deshacer la puerta. Y lo que vieron ante sus ojos los dejó fascinados. Una antiquísima y amplia fortaleza grisácea extendía sus muros, arcos y torreones sobre la amplia explanada en la que se encontraban, imponente y oscura, más no tenebrosa. El puente movedizo central comenzó a bajar para abrirles paso, seguramente alertado por la magia de la puerta lumínica. Luk miró el cielo; aunque el sol estaba oculto tras un manto impenetrable de nubes, había suficiente luz como para observarlo todo con detalle.

– Bienvenidos al núcleo central de los Insurrectos – les dijo Serthes, extendiendo los brazos bajo la oscura túnica.

– Tienes razón, brujo. Del antiguo reino de Svartalfheim sólo tiene el nombre – murmuró Luk.

– No necesitábamos construirlo bajo tierra – respondió el aludido, y caminó enérgicamente hacia el puente movedizo. Todos lo siguieron en el acto.

Era sorprendente. Todo allí parecía estar tan lleno de actividad, de luz y aire fresco. La terrible apariencia externa del castillo no significaba absolutamente nada, puesto que su interior difería muchísimo de lo que se veía a simple vista. La decoración era bastante austera, las paredes lucían limpias, los pasillos estaban iluminados con enormes antorchas que nunca parecían extinguirse, y las escaleras ascendían hasta donde ya no se podía ver. El cielo raso era altísimo y de él caían pequeñas e infinitas lamparillas de cristal que mantenían cada habitación de la fortaleza en una jornada solar permanente (excepto los pasillos de todas las plantas, incluyendo el subterráneo). Serthes les había explicado que gracias a la ayuda de una agrupación de silfos aliados a la causa, había podido conectar su magia a la de los rayos del sol mediante cuerdas de aire (no quiso explayarse mucho en esos tecnicismos) y traspasar todas las capas que protegían el planeta. Con esa luz llenaban las lamparillas y vivían tranquilos bajo su calidez, logrando además que la vida de muchas especies sobrevivieran en el de por sí húmedo interior del castillo. Viktorius no había querido preguntar que clase de especies vivían allí, aunque de todas formas no estaba seguro de si el brujo le hubiera respondido.

En ese momento, el joven pirata se hallaba de pie junto a la chimenea de un pequeño salón privado donde Serthes los había reunido. Habían leños dispuestos encender un fuego, pero Viktorius dedujo que éstos jamás se utilizaban porque con las lámparas solares no era necesario. Miró a su alrededor, expectante. Luk oteaba por una ventana, aparentemente distraída. Heimdall se situaba junto a la puerta. Meeko los observaba, curiosa. Cuando Jörd y Winnyu entraron a la salita luego de finiquitar otros asuntos, Serthes se decidió a hablar. Miró a Viktorius, pensativo.

– Debo reconocer que no era nuestra intención traerte hasta aquí – comenzó a explicarle, y el pirata prestó atención, ansioso –. De hecho, tampoco deseábamos abrir algún canal espaciotemporal. Fue un error que no volveremos a cometer, te lo aseguro.

– ¿Qué intentaban hacer? – preguntó Viktorius.

– Tan sólo queríamos renovar los círculos de protección que rodean la fortaleza de Svartalfheim, pero ésta vez no fuimos tan cuidadosos. Hubo un fuerte temporal hace un par de semanas, y quisimos aprovechar la fuerza de los rayos para crear escudos más sólidos. Logramos nuestro objetivo, pero además, habíamos abierto un agujero en algún sitio que no podíamos percibir. Sólo llegaba hasta nosotros parte del canal energético que indicaba una anomalía en la atmósfera. Estuvimos todo el resto del día y parte de la noche tratando de cerrarlo.

– Espera, ¿hace un par de semanas? Yo llegué aquí hace dos días, según mis estimaciones.

– Comprenderás que pueden existir diferencias obvias entre el tiempo tuyo y el de nosotros – respondió Serthes.- Que el agujero se haya abierto hace dos semanas, también puede significar que haya alcanzado tu tierra hace dos días. Nunca se sabe con estos viajes interdimensionales…

– Bueno, ¿pero ya está cerrado? – intervino Heimdall, con su voz grave retumbando entre los muros.

– Sí. Por suerte Viktorius fue el único en atravesar el agujero – dijo Winnyu, con una sonrisa.

– Yo no estaría tan segura – opinó Jörd, muy seria –. Quién sabe cuantos seres más fueron atrapados por el portal. Viktorius, ¿con quién más te hallabas en el momento de cruzar?

– Pues... estaba en alta mar, con mi tripulación...

– ¿Ves, Serthes? Quizás toda la tripulación arribó a alguna parte de Melbaragh y no lo sabemos – continuó Jörd, mostrando claras señales de preocupación en su dulce rostro.

– Pues entonces sólo sería su tripulación, Jörd, gente de confianza para Viktorius – le discutió el brujo, mucho más sereno –. El asunto es que él entienda como fue que llegó aquí, le debíamos esa explicación.

El pirata seguía sin comprender mucho las cosas, porque en el mundo del que él venía, los agujeros dimensionales no eran un tema de conversación ni mucho menos se creía en su existencia. Viktorius estudiaba ciertas cosas que para la época eran extrañas, pero ni hablar de otros mundos fuera del suyo propio. Era una idea que podía volver loco a cualquiera, aunque Viktorius era un hueso duro de roer.

– Llegué hace dos días – repitió –. Hace dos días, ese agujero ya estaba completamente cerrado, ¿cómo es eso posible?

Serthes suspiró.

– Si quieres una explicación más detallada, la tendrás. Un agujero dimensional tiene una vía de escape que lo une a otro agujero gemelo, donde sea que esté. Ese “gemelo” se abre sin importar las diferencias temporales entre un mundo y el otro, por lo que en tu mundo pudo haberse abierto hace un año, y tú llegaste aquí casi dos semanas después de que el agujero creador se abriera. O sea, además, perdiste un año de tu mundo en la vía de escape… hasta llegar a la costa de Thantelius. Suponiendo que perdiste un año… pudo haber sido más o menos tiempo, no lo sé.

La respuesta no tranquilizó a Viktorius como hubiese esperado. El hecho de haber estado suspendido atemporalmente en un canal intermedio lo inquietaba en demasía. ¿Qué había ocurrido con él? Mejor dicho, ¿por qué él?

– ¿Y la niebla? – preguntó, de repente.

– ¿Qué niebla? – Serthes lo miró, ceñudo.

– Antes de llegar aquí, la niebla rodeó mi embarcación. A través de ella, podía ver las siluetas de varias galeras desconocidas que intentaban interceptarnos. Después, creo que caí inconsciente.

El brujo permaneció en silencio unos segundos, ensimismado en cuestionamientos sin respuestas claras. Luego se encogió de hombros, cansinamente.

– ¿No tiene que ver con Trakken? – preguntó Luk, preocupada.- Yo también tuve líos con la niebla antes de entrar a Thantelius.

– Tu niebla sí tenía que ver con él, pues estabas en su territorio – aseguró Serthes –, pero la de Viktorius… tengo mis dudas. Puede que haya sido algún efecto del viaje…

– Es posible – afirmó Winnyu –. Pero por ahora, es necesario que olvidemos aquello por el momento. Serthes, deben hacer los votos.

– ¿Qué votos? – Heimdall, quien había estado apoyado contra una pared escuchando, se despegó de ella, repentinamente interesado. Meeko, ante esa reacción, se asustó y pegó un saltito lejos del hombre.

– Winnyu, no podemos… – murmuró la duende, luego de recuperarse –. Tenemos que estar todos…

– Lo estamos – dijo Jörd, de pronto, sintiendo una punzada en su pecho, donde tenía su piedra–. El último insurrecto ha llegado a Svartalfheim.

– ¿Hay alguien más?

– Sí, Viktorius, uno más y el círculo estará completo. Contándolos a ustedes, claro está – le dijo Serthes, con cierto aire sardónico que molestó al pirata. Winnyu y Luk miraron instintivamente hacia la puerta de la habitación. La sacerdotisa de dorados cabellos se mantenía serena, pero Luk percibía algo extraño en sus ojos, algo que brillaba de forma desmesurada. En cuanto a la nueva presencia que se acercaba a ellos… no sabía quién era, pero hacía que cada pedazo de muro y de suelo palpitara con fuerza bajo su paso, y una pequeña explosión de energía reventó en su cuerpo como si... como si… no, no podía entenderlo. ¿Acaso era posible?